Para la oposición mexicana, la culpa es de Nahle

Perfilando

Para la oposición mexicana, la culpa es de Nahle

Por Iván Calderón

  A Rocío Nahle la convirtieron en la villana favorita de la oposición mexicana. No importa el tema. No importa el contexto. No importa siquiera el territorio. Si algo pasa en Dos Bocas, la culpa es de Nahle. Si hay un derrame de hidrocarburos en el Golfo, también. Si mañana la primavera resulta atípica y las temperaturas bajan más de lo normal, no faltará quien quiera endosárselo.

  Así de absurda se ha vuelto la narrativa.

  No es casual, es una construcción. La oposición y buena parte de su ecosistema mediático necesitaban un rostro, un nombre y un blanco fijo para sostener su golpeteo y lo encontraron en la gobernadora de Veracruz. La atacan desde hace meses con una intensidad que ya no responde al debate público, sino a la obsesión política. Y en esa lógica de desgaste permanente, cualquier hecho sirve, cualquier coyuntura se aprovecha y cualquier problema se coloca, por automático, en la cuenta de Nahle.

  Pero en política, no todo ataque debilita.

  A veces ocurre exactamente lo contrario.

  En su afán por responsabilizarla de todo, terminaron colocándola en el centro de la conversación nacional. La hicieron tema diario. La volvieron referencia obligada en medios, mesas, columnas, redes y noticieros. Quisieron acorralarla y la proyectaron. Quisieron reducirla y la hicieron más visible. Quisieron exhibirla y acabaron por darle una dimensión política mucho mayor a la que ellos mismos pretendían combatir.

  Ese error no es menor.

  Porque mientras TV Azteca y otros medios la colocaron una y otra vez en la línea de fuego, Nahle aguantó, resistió los embates y las calumnias y respondió cuando tenía que responder. Al final Rocío Nahle ya está acostumbrada a esos ataques bajos, a esa crítica de consigna, a ese golpeteo que no busca explicar la realidad, sino fabricar una culpable.

  Pero lo más revelador de esta etapa fue la ferocidad con la que se concentraron sobre ella. Fue tal el apetito de linchamiento mediático, que en el camino se olvidaron de otros actores, de otros gobiernos y de otras responsabilidades. Tabasco y Tamaulipas prácticamente desaparecieron del encuadre. Toda la carga fue dirigida a Veracruz y, particularmente, a su gobernadora. Era ella el objetivo. Era ella la pieza a golpear. Era ella la imagen que querían fijar en el imaginario nacional.

  Y sin embargo, salió adelante.

  Nahle entendió rápido algo que la oposición sigue sin entender: cuando se agrede deliberadamente a Veracruz, no solo se intenta dañar a un gobierno, se intenta afectar a un estado entero. Por eso su respuesta fue políticamente correcta y estratégicamente eficaz: aquí no estaban hablando mal solo de una mandataria; estaban hablando mal de Veracruz, de las y los veracruzanos, de la gente que vive del turismo, del comercio y de la actividad económica que depende también de la percepción pública.

  Ahí cambió el eje.

  Porque una cosa es cuestionar. Y otra, muy distinta, golpear con tal irresponsabilidad que el daño ya no recae en Palacio de Gobierno, sino en miles de familias que viven de su trabajo. Cuando desde la oposición o desde ciertos medios se magnifica todo con fines políticos, no se le pega solo a Nahle. Se le pega a Veracruz.

  Y ciego el que no lo quiera ver.

  En el fondo, además, hay algo más. Algo que la propia gobernadora ha dejado entrever con razón. Hay sectores que no terminan de aceptar que una mujer gobierne un estado con el peso económico, político y energético de Veracruz. No les incomoda solo Nahle. Les incomoda lo que representa. Les incomoda que tenga el mando. Les incomoda que resista. Les incomoda que no se someta al guion que le quisieran imponer.

  Por eso la crítica se vuelve desproporcionada. Por eso la saña. Por eso el intento permanente de cargarle todo.

  Mientras tanto, su partido MORENA sigue en otra lógica: fortalecerse, organizarse, cerrar filas, ampliar estructura. Es decir, mientras una parte de la oposición vive atrapada en el anti-nahlismo como método de supervivencia política, el partido guinda continúa haciendo trabajo de fondo. Y esa es, quizás, la peor noticia para sus adversarios: que mientras más golpean a Nahle, más central la vuelven; y mientras más la centralizan, más peso político le terminan construyendo.

  La oposición creyó que había encontrado una fórmula de desgaste. Y tal vez encontró, sin querer, un mecanismo de posicionamiento.

  Porque si algo ha dejado este episodio es una certeza: en la narrativa opositora, la culpa siempre será de Nahle. De todo. De lo grande, de lo mediano y de lo ridículo.

  Lo que todavía no miden es que, en esa necedad, llevan meses ayudándola a crecer.

  Y en política, pocas torpezas cuestan tanto como volver imprescindible a la adversaria que querías destruir.

  Ya lo verán.

@IvanKalderon

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