Nahle, capital político: va por el top 10

Perfilando
Nahle, capital político: va por el top 10.
Por Iván Calderón

En política, el conflicto no es necesariamente un problema. El verdadero problema es no saber leerlo. Hay gobernantes que lo evaden, otros que lo padecen y unos cuantos que entienden que el conflicto bien gestionado puede convertirse en capital político.
Rocío Nahle está jugando en ese último terreno.
Le explico.

De acuerdo con la casa encuestadora Demoscopia Digital, la gobernadora de Veracruz registra 59.2% de aprobación ciudadana en enero de 2026, ubicándose en una franja competitiva del ranking nacional de mandatarios estatales. No es un pico espectacular ni un dato inflado desde la propaganda, pero tampoco es menor: en el contexto actual, habla de estabilidad política y gobernabilidad.

Ese respaldo no se explica por una estrategia de comunicación agresiva ni por campañas de autopromoción. Se explica, más bien, por cómo se enfrentan los conflictos.
El caso de los camiones Ulúa es ilustrativo. El intento de imponer tarifas irregulares en el transporte público tenía todos los ingredientes para convertirse en una crisis: presión económica, desgaste social y chantaje empresarial. En otros sexenios, episodios así solían resolverse con simulación, acuerdos en lo oscurito o concesiones que terminaban debilitando al Estado.

Aquí ocurrió algo distinto.
La gobernadora Nahle no se escondió detrás de intermediarios.
No delegó el costo político.
No simuló negociación.
Y, sobre todo, no aceptó el chantaje como método de presión.

El gobierno tomó control del conflicto, fijó reglas claras y colocó al usuario (no al concesionario) en el centro de la decisión. Esa definición no solo resolvió un problema inmediato; produjo efectos políticos más profundos.
Primero, envió un mensaje claro a todos los sectores económicos: el tiempo del chantaje como herramienta de negociación se está cerrando.

Segundo, fortaleció a las instituciones, devolviéndoles capacidad de mando.
Tercero, consolidó autoridad personal, que en política no se hereda ni se compra: se construye.

En un país donde muchos gobiernos confunden diálogo con cesión y gobernabilidad con concesión, el mensaje es relevante. El respeto no se pide; se construye con coherencia.

Por eso el crecimiento en aprobación de Nahle no responde a publicidad, sino a una narrativa que se valida sola: poner orden donde durante años hubo negocio, opacidad y desorden. De ahí que su gobierno aparezca hoy entre los mejor evaluados del país.
Y de ahí también que su proyección política trascienda lo local. Veracruz no solo tiene gobernadora, tiene gobernabilidad. La visita de la presidenta Claudia Sheinbaum el 15 de febrero no ocurre en un contexto de crisis ni de rescate político, sino de respaldo institucional y coordinación federal. Ese dato, en el México actual, no es menor.
Mientras algunos gobernadores juegan a los likes, a la narrativa fácil y a la política de redes, en Veracruz se apuesta por el orden, el control político y la toma de decisiones. Decisiones que pueden ser incómodas para algunos, pero que son necesarias para cerrar los vicios del pasado y reordenar la gobernabilidad veracruzana.

No es casualidad.
Es lectura de poder.
Pero, sobre todo, es estrategia con resultados.
@IvanKalderon

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